Roberto llegó a la oficina con el nudo en el estómago que solo el primer día de trabajo nuevo puede provocar. Llevaba el traje planchado con demasiada anticipación, el maletín apretado contra el costado y la sensación de que todos los ojos se fijaban en él al cruzar el control de acceso. Era su primer empleo como comercial de software a medida, y aunque el sueldo era decente y el sector prometía, no podía quitarse de la cabeza la posibilidad de meter la pata en la primera llamada o de no entender ni la mitad de las siglas que había oído en la entrevista.
A media mañana, cuando el estómago ya le rugía más por ansiedad que por hambre, un compañero de unos treinta y tantos, con camisa remangada y sonrisa fácil, se acercó a su mesa. «¿Café? La máquina del pasillo es lo mejor que hay aquí». Roberto asintió, más por seguir el ritmo que por ganas, y lo siguió hasta el final del corredor. La máquina era una de esas superautomáticas de diseño minimalista, no el trasto viejo con botones pegajosos que esperaba. Pulsó el botón de espresso y el aroma que salió fue intenso, equilibrado, casi artesanal. Dio el primer sorbo y se quedó quieto: cremoso, sin amargor químico, con un final limpio que no pegaba con nada que hubiera probado en oficinas anteriores. «Joder, esto está demasiado bueno para ser de máquina», murmuró sin pensar. El compañero se rio. «Ya ves. El director es un friki del café. Cambió tres veces de proveedor hasta que encontró uno que le gustara. Dice que si la gente está bien cafeinada y contenta, el código fluye mejor».

Se quedaron allí, apoyados en la pared del pasillo, con las tazas en la mano. El compañero empezó a hablar sin prisa: de los proyectos que estaban cerrando, de cómo la empresa había crecido un 40 % en dos años, de los clientes que pedían soluciones a medida y pagaban sin regatear porque el producto funcionaba de verdad. Hablaba de las comisiones que se llevaban los comerciales cuando cerraban un buen contrato, de las formaciones pagadas en Barcelona o Madrid, de que no había micromanagement porque confiaban en que cada uno supiera lo que hacía. Roberto escuchaba, sorbo a sorbo, y poco a poco el nudo del estómago se fue aflojando. No desapareció del todo —era el primer día, después de todo—, pero ya no le apretaba la garganta. El café ayudaba, claro, pero más ayudaba esa voz tranquila que le decía, sin grandilocuencia, que allí había sitio para crecer si uno ponía de su parte.
Cuando volvieron a sus mesas, Roberto se sentó con la espalda un poco más recta. Abrió el CRM, miró la lista de leads que le habían asignado y, por primera vez en la mañana, sintió algo parecido a la curiosidad en vez de al miedo. El café de la máquina seguía caliente en su taza. Y, quién sabe, pensó, quizá el director tuviera razón: con un buen espresso, hasta el primer día podía terminar bien.

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