Una cita descafeinada

Ya habían pasado un par de meses desde que Roberto llegó a Valencia. El trabajo iba bien, encontró un piso pequeño por Ruzafa y, poco a poco, la ciudad empezaba a resultarle familiar. Un domingo por la noche, después de cenar solo, abrió Tinder más por aburrimiento que por otra cosa. No esperaba gran cosa. Pero Lucía le dio match casi al momento. Treinta y un años, fotos sonriendo en Bali, Santorini, Nueva York… de esas que llaman la atención. Hablaron un par de días y quedaron para tomar un café el jueves por la tarde.

Roberto estaba nervioso, casi como un crío en su primera cita. Quería que todo saliera bien, así que la llevó a “La Semilla”, una cafetería de especialidad que había descubierto semanas antes y que ya sentía un poco como su refugio. Llegó diez minutos antes, pidió una mesa junto a la ventana y esperó.

Cuando Lucía entró, Roberto se quedó sin aire un segundo. Llamaba la atención. Alta, con una elegancia muy natural, de esas personas que destacan sin esforzarse. Llevaba un abrigo beige largo que le caía perfecto, unos vaqueros oscuros bien ajustados y unas botas de tacón que resonaban con seguridad sobre el suelo. El pelo castaño, suelto en ondas, y una mirada intensa que transmitía confianza. Un auténtico mujerón.

Pidieron café: él, un etíope natural; ella, un latte con vainilla. Mientras preparaban las bebidas, Roberto intentaba mantener la conversación. Pero Lucía no paraba: que si Tailandia, que si Perú, que si Japón… soltaba anécdotas rápidas, nombres de playas, restaurantes caros… pero algo no terminaba de encajar. Todo sonaba un poco vacío, como si lo hubiera contado muchas veces. Roberto asentía, sonreía, pero se dio cuenta de que estaba más pendiente del aroma de su café que de lo que ella decía.

Y es que el café estaba increíble: notas de frutos rojos, un toque floral, un dulzor limpio que se quedaba en la boca. Cada sorbo se disfrutaba de verdad. Mientras Lucía hablaba de su próximo viaje a Dubái y de lo importante que era “vivir experiencias”, Roberto lo vio claro: no había conexión. Había viajado mucho, sí, pero nada parecía haberle dejado huella de verdad. Como si todo fuera más por la foto que por lo que se siente.

Cuando terminaron, salieron y se despidieron en la puerta con dos besos, rápidos y correctos.

—Me lo he pasado muy bien —dijo ella.

—Igualmente —respondió él.

En cuanto dobló la esquina, Roberto sacó el móvil, abrió el chat y lo eliminó sin pensárselo demasiado. Guardó el teléfono, respiró el aire fresco de la tarde y esbozó una ligera sonrisa.

El café, eso sí, había estado realmente bueno.