Roberto había llegado a Valencia hacía cuatro días con una maleta demasiado grande, un contrato de tres meses firmado a última hora y la certeza de que todo lo que conocía hasta entonces se había quedado en otra ciudad.
Aún no había encontrado piso. Dormía en un hotel de tres estrellas cerca de la estación del Norte cuyo principal atractivo era que la recepción olía a ambientador de pino y no a tabaco rancio. Cada mañana se tomaba el mismo café de máquina que sabía a cartón quemado y azúcar viejo, igualito al de todos los bares de España desde que tenía uso de razón. El torrefacto era su normalidad, su patria chica del paladar. Lo tragaba sin pensar, como quien se pone unos calcetines agujereados porque no hay otros.
El jueves por la tarde, Javier —uno de sus nuevos jefes, el que hablaba despacio y siempre llevaba una americana que parecía comprada en los años noventa— le dijo casi de pasada mientras recogían cables después de una reunión:
—Oye, Roberto, ¿te tomas un café conmigo ahora? Hay un sitio aquí al lado que te va a gustar.
Roberto dijo que sí por inercia, aunque por dentro pensó: «Otro café de bar, otro brebaje marrón con espumita artificial y regusto a cenicero». Se sentía fuera de lugar, como un mueble que alguien se ha olvidado de montar. Llevaba cuatro días contestando «sí» a todo, sonriendo cuando no entendía del todo las bromas internas del equipo, mirando Google Maps cada vez que salía solo. El estómago se le había convertido en un nudo permanente de «¿y si no encajo aquí?», «¿y si no aguanto los tres meses?», «¿y si no encuentro piso nunca?».
Caminaron cinco minutos por calles estrechas del Carmen. Javier empujó una puerta de madera oscura que no tenía cartel luminoso ni pizarra con precios escritos con tiza. Dentro olía a otra cosa. No a café quemado. Olía a pan recién hecho mezclado con algo vegetal, casi floral, y a madera caliente.
—Dos etíopes, por favor —dijo Javier al chico de la barra, que asintió sin preguntar más.
Roberto se quedó mirando la pared llena de sacos de yute con etiquetas manuscritas. Había dibujos de granjas, altitudes, variedades: Gesha, Bourbon, Typica. Todo le sonaba a idioma extranjero. Se sentó en un taburete alto y apretó los dedos contra el borde de la madera, intentando que no se le notara el temblor de la pierna.
Cuando llegó la taza era pequeña, casi ridícula. Nada que ver con los vasos de tubo enormes y llenos de leche que solía pedir para disimular el mal sabor. El líquido era transparente en los bordes, ámbar oscuro en el centro. Subía un aroma que Roberto no sabía nombrar: jazmín, limón, miel, bosque después de llover. Cerró los ojos un segundo sin querer y sintió que el nudo del estómago se aflojaba un milímetro.
Javier ya estaba hablando de algo del proyecto, pero Roberto apenas escuchaba. Acercó la taza. Dio el primer sorbo.
Y se quedó quieto.
No había amargor agresivo. No había regusto químico. No había esa punzada en la lengua que siempre asociaba al café. En cambio, el sabor se desplegaba como si alguien hubiera abierto una ventana en mitad de su boca: primero cítrico brillante, luego una dulzura suave que recordaba a té de miel, después una sensación aterciopelada que se quedaba en la garganta como una caricia. Era imposible. Era demasiado limpio. Demasiado vivo.
Se le escapó un «joder» bajito, casi sin voz.
Javier se rio por lo bajo.
—¿Ves? Te dije que te iba a gustar.

Roberto no contestó. Dio otro sorbo, más despacio, intentando atrapar cada matiz antes de que desapareciera. Por un momento se olvidó del hotel con sábanas ásperas, del contrato temporal, de la habitación que aún no había encontrado, de la sensación constante de estar de prestado en la ciudad. Solo existía esa taza y esa luz que se le estaba encendiendo dentro del pecho.
Pensó, absurdamente, que si el café podía saber así, entonces quizá todo lo demás también podía ser diferente. Quizá Valencia no iba a ser solo un sitio donde sobrevivir tres meses. Quizá él tampoco iba a ser solo el chico nuevo que dice «sí» a todo.
Terminó el café en silencio, mirando la poso en el fondo de la taza como si ahí estuviera escrita la respuesta a algo importante.
Cuando salieron a la calle ya era casi de noche. El aire olía a naranjo y a humo lejano de fallas que todavía no habían llegado. Roberto respiró hondo.
—Gracias —le dijo a Javier, y lo dijo de verdad.
Javier solo sonrió y le dio una palmada en el hombro.
—A partir de ahora te toca a ti elegir el sitio la próxima vez.
Roberto asintió, aunque en ese momento no tenía ni idea de dónde encontrar otro café como aquel.

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